Ahora toca existir un día sí, un día no, y así sucesivamente.
sábado, 28 de noviembre de 2015
Y de nuevo, te sonreirá.
Tu madre insistirá en que te comas los garbanzos, pero tú no lo harás. Le pedirás que aparte la zanahoria, que vuelva a calentarlos, que te dé un tenedor para pincharlos. Protestarás. Llorarás un poquito.
Y tu madre hará todo eso.
Pero tú no te los comerás.
Con el tiempo, le cogerás un poco el truquillo a unas cuantas cosas. A los garbanzos, sin ir más lejos. Pero también a tu madre. Aprenderás a contentarla, a negociar la justa cantidad de espinacas a cambio de unas natillas, a decretar la obligatoriedad de llevar tu bicicleta nueva a todas partes y la opcionalidad del abrigo en pleno invierno, con alerta por temporal.
Tu lógica, en todo caso, será aplastante. Tu madre, en cambio, no estará de acuerdo bajo ningún concepto. Suspirará.
Y guardará en el bolso un gorro y un jersey de recambio por si acaso.
Se enamorará de ti. De forma dulce y beligerante a un tiempo. Te hará regalos, te achuchará en la cama, ensalzará el mérito de cada una de tus victorias, por pequeñitas que parezcan. Justificará tus errores. Aliviará con un beso sus consecuencias. Te aconsejará para que no vuelvas a cometerlos.
Tú asentirás, convencido y voluntarioso.
Ella sonreirá.
Y en menos de una semana la volverás a cagar.
Con el tiempo, además, aprenderás que, aunque la necesites, a veces debes alejarte de ella. Tu madre te ayudará, aunque le duela. Te dejará que vuelvas tarde. Obviará que traes las pupilas como platos. Se esforzará por conocer a tus amigos. Te acompañará a echar la matricula para la universidad, aunque hayas elegido la carrera equivocada.
Y en la maleta te pondrá ropa de abrigo.
Y pasarán los años y las personas y los éxitos y los fracasos. Te harás un hombre. Asumirás tus responsabilidades. Entenderás algunas cosas y otras no. Te comprarás un coche. Un nuevo mundo nacerá contigo y, de algún modo, comenzarás a contemplar a tu madre como un anacronismo, una tierna reliquia del antiguo.
Tendrás que explicarle muchas veces las cosas.
Y aunque no las entienda, ella sonreirá.
Empezarás a estar muy ocupado. La vida -tu vida- se convertirá en una aventura apasionante y muy exigente. Conocerás a alguien. Incluso puede que formes tu propia familia. Crecerás profesionalmente. Invertirás en acciones. Pasarás tus vacaciones gracias a una ingeniosa modalidad de apartamentos en multipropiedad.
A tu madre, la verás por su santo y cada navidad.
Y poco a poco se transformará en una suerte de animal mitológico, una heroína legendaria y eterna que sigue regando los geranios e ingresándote de vez en cuando dinero en la cuenta por si acaso.
Pero te sentirás lejos de ella.
Y será lo natural.
Hasta que un día, un día cualquiera, te llame un familiar. Dejarás lo que estés haciendo, te cambiarás de chaqueta, encenderás un cigarrillo y marcharás hacia el hospital.
Tu madre estará tumbada en una cama. Repararás en su dedos diminutos, nudosos y casi transparentes. La mascarilla de oxígeno. Sus ojos mirándote fijamente.
Y en ese preciso instante entenderás todo de golpe. Lo de los garbanzos, lo del abrigo. Tu autosuficiencia. El paso del tiempo. Eso que llaman ley de vida. Qué era urgente y qué era importante. Las visitas que no le hiciste, los besos que le escamoteaste.
Ahí estáis los dos, frente a frente.
Ella sujeta a la vida por un hilo cada vez más fino, casi invisible.
Tú, asediado por la culpa e incapaz de articular una sola palabra.
Pero entonces tu madre te acercará la mano.
Y de nuevo, te sonreirá.
viernes, 22 de mayo de 2015
Respirar
Permitidme que haga una reflexión sobre la vida utilizando como metáfora una montaña rusa.
Y de repente se hace el silencio y cae.
Y cae a mayor velocidad de la que subió.
Y vuelves a asustarte.
Y esta vez si importa.
Y ya no eres el puto amo, ahora eres más un mierdecilla con cara de gilipollas sobrepasado por las circunstancias.
Todo va muy despacio, como a camara lenta. Te asalta a la cabeza la Negación, el enfado, el odio, la depresión y la negociación con la realidad. Por lo general, acabo estos momentos haciendome una paja.
Después toca detectar, analizar y resolver los problemas para con el tiempo volverla a cagarla exactamente igual. En cierto modo, es admirable nuestra capacidad de supervivencia, Y bueno, si no funciona, siempre puedes tirar de Tranxilium.
Y al final de todo, cuando todo se convierte en calma.Cuando vuelves a empezar a subir y a subir te das cuenta que el verdadero premio en realidad, es respirar.
Respirar.
Tú vas por ahí, tranquilamente, sin problemas, como dando un paseo. Sin saber exactamente porque, empiezas a subir y a subir.
Todo se pone bien, cada vez mejor. Es cierto que todo va tan rápido que te asusta. Pero no importa, en ese momento, eres el puto amo.
Todo se pone bien, cada vez mejor. Es cierto que todo va tan rápido que te asusta. Pero no importa, en ese momento, eres el puto amo.
Y cae a mayor velocidad de la que subió.
Y vuelves a asustarte.
Y esta vez si importa.
Y ya no eres el puto amo, ahora eres más un mierdecilla con cara de gilipollas sobrepasado por las circunstancias.
Todo va muy despacio, como a camara lenta. Te asalta a la cabeza la Negación, el enfado, el odio, la depresión y la negociación con la realidad. Por lo general, acabo estos momentos haciendome una paja.
Después toca detectar, analizar y resolver los problemas para con el tiempo volverla a cagarla exactamente igual. En cierto modo, es admirable nuestra capacidad de supervivencia, Y bueno, si no funciona, siempre puedes tirar de Tranxilium.
Y al final de todo, cuando todo se convierte en calma.Cuando vuelves a empezar a subir y a subir te das cuenta que el verdadero premio en realidad, es respirar.
Respirar.
viernes, 1 de mayo de 2015
Son bellos los abuelitos
Me gusta escuchar a los abuelitos: hablan sin prisa, mezclan la vida con sus propios sueños y les importa una mierda si te interesa o no.
Son bellos los abuelitos
No sé, quizá envejecer consista en mezclar sin pudor realidad y fantasía, pasado y futuro, alegrías y derrotas. Y sin dejar de decir la verdad.
También pienso a veces que la verdad sólo es una norma socialmente operativa, pero que en realidad, no hay nada más honesto que nuestras mentiras.
En fin, os recomiendo mantengáis la distancia conmigo, mis niveles de sensibilidad de hoy pueden provocar es que me quede embarazado.
Voy a tocarme.
Son bellos los abuelitos
No sé, quizá envejecer consista en mezclar sin pudor realidad y fantasía, pasado y futuro, alegrías y derrotas. Y sin dejar de decir la verdad.
También pienso a veces que la verdad sólo es una norma socialmente operativa, pero que en realidad, no hay nada más honesto que nuestras mentiras.
En fin, os recomiendo mantengáis la distancia conmigo, mis niveles de sensibilidad de hoy pueden provocar es que me quede embarazado.
Voy a tocarme.
sábado, 21 de marzo de 2015
Ángel Caído
Chet Baker fue un trompetista, cantante y músico de jazz, exponente del estilo cool (el west coast jazz de los años cincuenta).
El caso es que en 1960, encontraron a Chet Baker en el baño de una gasolinera de Lucca, Italia, inconsciente después de meterse un chute de heroína.
En la Italia de principios de los 60, fue un auténtico escándalo. Fue condenado con una sentencia ejemplarizante por su estatus de estrella.
Casualmente, Lucca tenía una muy nutrida comunidad de aficionados al jazz. Decenas de fans fueron a ver a Chet al juicio.
En la cárcel estaba prohibido tener instrumentos musicales, pero el hijo del alcaide, que era seguidor de Chet, intercedió por él
Chet tenía permiso para tocar dos horas al día. La cárcel se paralizaba para oírle. Enseguida, se corrió la voz por todo el pueblo.
Y todas las tardes a la misma hora, cientos de personas rodeaban los muros de cárcel, para escuchar a Chet Baker tocar desde su celda.
Buenas noches.
El caso es que en 1960, encontraron a Chet Baker en el baño de una gasolinera de Lucca, Italia, inconsciente después de meterse un chute de heroína.
En la Italia de principios de los 60, fue un auténtico escándalo. Fue condenado con una sentencia ejemplarizante por su estatus de estrella.
Casualmente, Lucca tenía una muy nutrida comunidad de aficionados al jazz. Decenas de fans fueron a ver a Chet al juicio.
En la cárcel estaba prohibido tener instrumentos musicales, pero el hijo del alcaide, que era seguidor de Chet, intercedió por él
Chet tenía permiso para tocar dos horas al día. La cárcel se paralizaba para oírle. Enseguida, se corrió la voz por todo el pueblo.
Y todas las tardes a la misma hora, cientos de personas rodeaban los muros de cárcel, para escuchar a Chet Baker tocar desde su celda.
Buenas noches.
sábado, 25 de octubre de 2014
Aceptar con serenidad
La otra mañana removiendo papeles, encontré una foto de mi madre muy deteriorada. Por un momento, tuve la sensación de que el tiempo se detenía.
La miré como el que encuentra un tesoro.
La cogí con mucho cuidado, como para que no se rompiera.
Y bueno, al final, el que se rompió fui yo.
No sé, pasa el tiempo y lo cierto es que casi todo me sigue haciendo daño. Un comentario a destiempo, un gesto de reprobación, una mirada de indiferencia. Los recuerdos de tus seres queridos y que nunca más volverás a ver…
El procedimiento tampoco ha cambiado demasiado: una punzada en el estómago y la sensación que mi cuerpo se torna más y más pesado, consciente de que tendrá que emprender su retirada con toda mi fragilidad a cuestas.
Sé que nada es para siempre, sé que al final, de una manera u otra, todo el mundo se larga, y eso me produce mucha tristeza.
Lo cierto es que no consigo -y en esto me engañaron: dijeron que sucedería con los años- aceptar con serenidad ni las pérdidas de los tuyos ni las críticas. Ni las negativas. Ni la frustración. Ni el desengaño. Me entrego desesperadamente a la contemplación de cualquier otra cosa que no sean los ojos de mi interlocutor cuando éste mira con demasiada insistencia los míos. Me pongo el jersey antes de que llegue el otoño, espero pacientemente a que me quieran antes de empezar a dar, lloro con los spots de televisión, joder, tíos, tengo 49 años y sigo llorando con todos los puñeteros anuncios en los que sale gente recibiendo cartas o niños paseando con sus abuelos por el campo.
En definitiva: creo que nunca aprenderé a ser fuerte.
Duele reconocerlo, la verdad.
Y también me alegra un poquito.
viernes, 12 de septiembre de 2014
Todo Correcto
Esta noche me encuentro sentimentalmente despechado, moralmente derrotado y sexualmente hiperactivo. Todo correcto.
Me alegra comprobar que no soy el único que compensa el desamparo escribiendo aqu,en la red, cosas raras sin objetivo comunicativo alguno.
Ya puestos, os diré que a veces pienso si tendría valor para suicidarme en caso de que la vida se tornara un terrible penar y generalmente acabo masturbándome.
¿No os pasa a vosotros? Me refiero a lo de acabar masturbandote como punto y final a una profunda reflexión sobre el sentido de la cosas.
Eso sí, si volviera a empezar, haría exactamente lo mismo pero contándolo mucho mejor.
Y bueno, también debo confesar que me da mucha envidia comprobar lo odiosamente jóvenes que sois algunos.
En fin, Que os follen. Lo digo en serio y desde un prisma poético. Suerte a todos.
Me alegra comprobar que no soy el único que compensa el desamparo escribiendo aqu,en la red, cosas raras sin objetivo comunicativo alguno.
Ya puestos, os diré que a veces pienso si tendría valor para suicidarme en caso de que la vida se tornara un terrible penar y generalmente acabo masturbándome.
¿No os pasa a vosotros? Me refiero a lo de acabar masturbandote como punto y final a una profunda reflexión sobre el sentido de la cosas.
Eso sí, si volviera a empezar, haría exactamente lo mismo pero contándolo mucho mejor.
Y bueno, también debo confesar que me da mucha envidia comprobar lo odiosamente jóvenes que sois algunos.
En fin, Que os follen. Lo digo en serio y desde un prisma poético. Suerte a todos.
viernes, 30 de mayo de 2014
Eso es Importante. Importantísimo.
La otra tarde hablando con Hacienda, una señora al otro lado del teléfono me trató fatal. Pero como mi alma es noble sólo la he llamado zorra. Y como con un leve susurro.
Lo cierto es que deberíamos ser más benevolentes con los demás y sobre todo con nosotros mismos. Despertar, cagar, desayunar, relativizar...
Pero aquí seguimos, llorando para nadie.
Deberíamos comprender que somos una compleja combinación de mierda y gloria que necesita de sus propias contradicciones para existir.
Y bueno, sobre todo tratar de follar bonito y didáctico. Eso es importante. Importantísimo.
Lo cierto es que deberíamos ser más benevolentes con los demás y sobre todo con nosotros mismos. Despertar, cagar, desayunar, relativizar...
Pero aquí seguimos, llorando para nadie.
Deberíamos comprender que somos una compleja combinación de mierda y gloria que necesita de sus propias contradicciones para existir.
Y bueno, sobre todo tratar de follar bonito y didáctico. Eso es importante. Importantísimo.
viernes, 9 de mayo de 2014
La vida es tan confusa...
A veces me pregunto qué extraño impulso nos lleva a escribir aquí estas cosas tan raras con la vaga esperanza de que alguien las entienda.
De verdad que sí.
No sé, quizá sea mejor que no te entiendan. Porque si te entienden, a ver luego cómo lo explicas.
La vida es tan confusa... Y vale: también inesperada, poderosa, bella, necesaria. Pero yo qué sé: es que no hay quien entienda una mierda.
Lo peor de estar vivo es, sin duda, el tener que explicárselo a todas horas a todo el mundo.
En fin: hagáis o lo que hagáis, procurad que el final sea bonito. Lo demás se lo acaba llevando el olvido y además importa poco.
De verdad que sí.
No sé, quizá sea mejor que no te entiendan. Porque si te entienden, a ver luego cómo lo explicas.
La vida es tan confusa... Y vale: también inesperada, poderosa, bella, necesaria. Pero yo qué sé: es que no hay quien entienda una mierda.
Lo peor de estar vivo es, sin duda, el tener que explicárselo a todas horas a todo el mundo.
En fin: hagáis o lo que hagáis, procurad que el final sea bonito. Lo demás se lo acaba llevando el olvido y además importa poco.
martes, 18 de febrero de 2014
Pero ah: así es hermoso
Me encanta cuando a veces un simple gesto, una sencilla palabra de alguien cambia por completo toda tu puta vida. Y luego se larga sin saberlo.
Porque al final, de una manera u otra, todo el mundo se larga, y eso me produce mucha tristeza.
Y lo cierto es que molaría conocer lo que dejamos en los demás sin darnos cuenta. Nos haríamos bonitos ante nuestros propios ojos. Pero ah: así es hermoso.
lunes, 13 de enero de 2014
Y vale: sé que nada dura para siempre
Dejad que os cuente algo: La otra tarde, mientras tendía la colada con esa depurada técnica que un día alguien me aconsejó para conseguir que no te quede arrugada, coincidí en la terraza contigua a la mía con la vecina.
Os diré que es una mujer encantadora. Debe rondar los 75 años. Siempre se preocupa por mí, por mi hijo, por que tal me van las cosas y que si necesito algo.
Y bueno, también es verdad que siempre me repite lo mismo como si fuera la primera vez.
Pero además me dijo señalando las ventanas de los bloques: ése, ése, ése y ése se han muerto. Y ése también.
Lo cierto es que se trata del típico barrio que surgió a golpe de desarrollismo y cuyos habitantes tradicionales poco a poco van cediendo paso a otros que no son ellos.
Y vale: sé que nada dura para siempre, que la vida está viva, que es el natural devenir de las cosas, que todo es un eterno retorno de lo mismo.
Pero jo: qué pena tiene que dar quedarse solo.
Os diré que es una mujer encantadora. Debe rondar los 75 años. Siempre se preocupa por mí, por mi hijo, por que tal me van las cosas y que si necesito algo.
Y bueno, también es verdad que siempre me repite lo mismo como si fuera la primera vez.
Pero además me dijo señalando las ventanas de los bloques: ése, ése, ése y ése se han muerto. Y ése también.
Lo cierto es que se trata del típico barrio que surgió a golpe de desarrollismo y cuyos habitantes tradicionales poco a poco van cediendo paso a otros que no son ellos.
Y vale: sé que nada dura para siempre, que la vida está viva, que es el natural devenir de las cosas, que todo es un eterno retorno de lo mismo.
Pero jo: qué pena tiene que dar quedarse solo.
sábado, 21 de diciembre de 2013
Recuerdos y soledad
Resulta que mi madre, que era ya muy mayor, tuvo la mala fortuna de caerse y romperse la cadera. ¿O fue al revés y se cayó debido a que se rompió la cadera? Bueno, lo importante es que eso marcó sus últimos meses y los de sus hijos.
Y yo entro muy despacio en la habitación de Sant Joan de Déu y allí me la encuentro: tumbadita en una de esas enormes y articuladas camas rodeada de barandillas para asegurar su integridad. En una de sus manos, como siempre, cogiendo muy fuerte un pañuelo.
Un beso en la frente. Una acaricia en el pelo.
Y entonces ella me pregunta, muy indignada, que cuándo la van a llevar al hospital para operarla y que tiene que ir a su casa porque van a venir sus hijos a verla.
Y yo le digo: mamá, ya estás en el hospital.
Ella me mira entonces con un gesto de resignación como de canción ligera española que sólo ella sabe poner, pero al momento cambia la cara y sus ojos se iluminan como dos luceros de verano: ayer me llamó tu mujer y me felicitó por mi cumpleaños.
Y bueno, yo estoy divorciado.
Y lo cierto es que aun quedaba mucho para el cumpleaños de mi madre.
Pero sonrío a duras penas mientras trato de averiguar qué coño le puede estar pasando a mi madre por la cabeza estos días, por qué está tan desorientada, si acaso no se despertará por las noches y sentirá miedo.
Mi madre despertándose sola en plena noche y sintiendo miedo: eso es lo que me aterroriza.
Síndrome Confusional Agudo, dice entonces el traumatólogo con chispeante autoridad.
Y agrega: es frecuente en ancianos hospitalizados.
Yo asiento con sonrisa de gilipollas, pero al instante vuelvo a mi madre y sus manos finas y arrugadas, casi transparentes, con una sonda clavada en el dorso.
Tomo ese pañuelo y la coloco sobre la mesilla.
Y me pasan millones de cosas por la cabeza. Algunas tristes. Otras tristísimas. También hermosas, de un modo incierto.
Allí estamos, mi madre y yo, mirándonos a los ojos, con la única compañía de una bolsa de suero y una maquinita que emite pitidos de vez en cuando.
Pero entonces le pregunto: ¿qué te dijo mi mujer por teléfono?
Ella se ríe: uy, pues muchas cosas.
Al escucharla, el traumatólogo emite una carcajada serena, sonora, profesional, como si ya hubiera visto la misma película cientos de veces.
Después, se marcha.
Me sobreviene una inmensa necesidad de llorar... De pronto suena mi teléfono: uno de esos números largos de centralita que te intentan vender conexiones de internet.
Levanto como un rayo la vista:
Mira, mamá, le digo. ¡es mi mujer!
Esos que estuvieron a su lado en sus últimos meses.
Ellos lograron que con su paciencia, su cuidado y su amor, mi madre se fuese en paz.
A mi hermana Encarnita y mi hermano Antonio, entre otros:
Gracias
Y yo entro muy despacio en la habitación de Sant Joan de Déu y allí me la encuentro: tumbadita en una de esas enormes y articuladas camas rodeada de barandillas para asegurar su integridad. En una de sus manos, como siempre, cogiendo muy fuerte un pañuelo.
Un beso en la frente. Una acaricia en el pelo.
Y entonces ella me pregunta, muy indignada, que cuándo la van a llevar al hospital para operarla y que tiene que ir a su casa porque van a venir sus hijos a verla.
Y yo le digo: mamá, ya estás en el hospital.
Ella me mira entonces con un gesto de resignación como de canción ligera española que sólo ella sabe poner, pero al momento cambia la cara y sus ojos se iluminan como dos luceros de verano: ayer me llamó tu mujer y me felicitó por mi cumpleaños.
Y bueno, yo estoy divorciado.
Y lo cierto es que aun quedaba mucho para el cumpleaños de mi madre.
Pero sonrío a duras penas mientras trato de averiguar qué coño le puede estar pasando a mi madre por la cabeza estos días, por qué está tan desorientada, si acaso no se despertará por las noches y sentirá miedo.
Mi madre despertándose sola en plena noche y sintiendo miedo: eso es lo que me aterroriza.
Síndrome Confusional Agudo, dice entonces el traumatólogo con chispeante autoridad.
Y agrega: es frecuente en ancianos hospitalizados.
Yo asiento con sonrisa de gilipollas, pero al instante vuelvo a mi madre y sus manos finas y arrugadas, casi transparentes, con una sonda clavada en el dorso.
Tomo ese pañuelo y la coloco sobre la mesilla.
Y me pasan millones de cosas por la cabeza. Algunas tristes. Otras tristísimas. También hermosas, de un modo incierto.
Allí estamos, mi madre y yo, mirándonos a los ojos, con la única compañía de una bolsa de suero y una maquinita que emite pitidos de vez en cuando.
Pero entonces le pregunto: ¿qué te dijo mi mujer por teléfono?
Ella se ríe: uy, pues muchas cosas.
Al escucharla, el traumatólogo emite una carcajada serena, sonora, profesional, como si ya hubiera visto la misma película cientos de veces.
Después, se marcha.
Me sobreviene una inmensa necesidad de llorar... De pronto suena mi teléfono: uno de esos números largos de centralita que te intentan vender conexiones de internet.
Levanto como un rayo la vista:
Mira, mamá, le digo. ¡es mi mujer!
Esos que estuvieron a su lado en sus últimos meses.
Ellos lograron que con su paciencia, su cuidado y su amor, mi madre se fuese en paz.
A mi hermana Encarnita y mi hermano Antonio, entre otros:
Gracias
sábado, 7 de diciembre de 2013
Dicen por ahí
Dicen por ahí que amar significa aceptar al otro con sus fallos, estupideces y puntos feos y, aún así, ver perfección en sus imperfecciones.
Pero lo que yo pienso es que amar significa aceptarse uno mismo con todos sus fallos, estupideces y puntos feos para no caer en la tentación de esperar que el ser amado debe ser perfecto.
En fin, armarse de honestidad y decir: a ver, este soy yo, enséñame lo tuyo y vamos a intentar crear algo bello juntos.
A veces funciona y entonces es sensacional.
Pero lo que yo pienso es que amar significa aceptarse uno mismo con todos sus fallos, estupideces y puntos feos para no caer en la tentación de esperar que el ser amado debe ser perfecto.
En fin, armarse de honestidad y decir: a ver, este soy yo, enséñame lo tuyo y vamos a intentar crear algo bello juntos.
A veces funciona y entonces es sensacional.
sábado, 26 de octubre de 2013
A mi madre
Y sigo contigo.
Porque lo importante es el contigo.
Aunque ya no estés aquí.
Que difícil se ha vuelto seguir respirando sabiendo que tú ya no estas,
Si pudiera encontrar una razón que me ayude a entender que no vas a volver.
Porque lo importante es el contigo.
Aunque ya no estés aquí.
Que difícil se ha vuelto seguir respirando sabiendo que tú ya no estas,
Si pudiera encontrar una razón que me ayude a entender que no vas a volver.
Y esta herida que sangra en mi interior.
Y esta espina clavada sin razón.
Y el inmenso dolor de este...
Hay silencios que matan, otros mueren poco a poco, silencios que saben a nada y silencios que lo dicen todo.
Silencios que te incomodan, que te recuerdan desencuentros o pupilas encontradas, silencios que quieres acuchillar y silencios que se clavan muy dentro.
Silencios de complicidad, silencios que viajan en silencio...
Silencios para mi, silencios para nosotros.
¡Ssshhh, silencio!
Y el inmenso dolor de este...
Hay silencios que matan, otros mueren poco a poco, silencios que saben a nada y silencios que lo dicen todo.
Silencios que te incomodan, que te recuerdan desencuentros o pupilas encontradas, silencios que quieres acuchillar y silencios que se clavan muy dentro.
Silencios de complicidad, silencios que viajan en silencio...
Silencios para mi, silencios para nosotros.
¡Ssshhh, silencio!
sábado, 21 de septiembre de 2013
Fantasía o muerte
Todos nos hemos sentido solos alguna vez injustificadamente. Creo que el sentimiento de soledad es tan inherente al ser humano como el miedo a la muerte o la atracción sexual.
Posiblemente no sea otra cosa que miedo al abandono.
Sentirse solo puede ser muy perverso, especialmente si no lo estás, porque eso significa que tienes una visión distorsionada de tu realidad, y eso es muy chungo.
La mayoría de las personas que conozco suelen actuar en función de su propia percepción de la realidad… en fin, es una obviedad, como lo es que todos tenemos una visión subjetiva de la realidad.
Vaya, que la realidad es una quimera... (Me va a resultar complicado defender mi argumento partiendo de esta afirmación).(Utilizaré una falacia): …dentro de unos límites. No sé, parece todo muy loco, pero en realidad es jodidamente predecible.
Es tan triste sentirse solo cuando podría uno disfrutar de una buena compañía...
Estar realmente solo... eso debe ser la muerte.
La única escapatoria es la fantasía. La fantasía es la realidad de las personas solas. ¿Que curioso, verdad?
La fantasía o la muerte.
Y es que no somos nada sin el otro.
Que nada, que hoy estoy tontín.
Posiblemente no sea otra cosa que miedo al abandono.
Sentirse solo puede ser muy perverso, especialmente si no lo estás, porque eso significa que tienes una visión distorsionada de tu realidad, y eso es muy chungo.
La mayoría de las personas que conozco suelen actuar en función de su propia percepción de la realidad… en fin, es una obviedad, como lo es que todos tenemos una visión subjetiva de la realidad.
Vaya, que la realidad es una quimera... (Me va a resultar complicado defender mi argumento partiendo de esta afirmación).(Utilizaré una falacia): …dentro de unos límites. No sé, parece todo muy loco, pero en realidad es jodidamente predecible.
Es tan triste sentirse solo cuando podría uno disfrutar de una buena compañía...
Estar realmente solo... eso debe ser la muerte.
La única escapatoria es la fantasía. La fantasía es la realidad de las personas solas. ¿Que curioso, verdad?
La fantasía o la muerte.
Y es que no somos nada sin el otro.
Que nada, que hoy estoy tontín.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Aeropatines
Vamos a ver: las interacciones que usualmente llevamos a cabo en Internet con otras personas son por medio de palabras. Digamos que uno está sentado delante del ordenador y de pronto se siente fascinado por las palabras de alguien. Pero las palabras son insuficientes, de modo que necesitamos rellenar los huecos vacíos con rasgos que obtenemos de nuestra propia imaginación.
Y así es cómo construimos una perfecta e idealizada imagen mental de alguien. De alguien que no existe, claro. Pero lo más increíble de todo es que, si la fascinación es mutua, ese alguien también elabora su propia y maravillosa representación mental de ti, felizmente alejada del tipo que en ese mismo instante escribe mientras devora los restos de doritos que se le han colado en el teclado.
Y de este modo, llegamos a la siguiente situación, tan común en nuestros días: personas que no existen que se enamoran de otras personas que tampoco existen.
Pero enamoradas, al fin y al cabo.
No sé, puede que el futuro fuera esto.
Y no los aeropatines.
Vivir en la mente de otras personas, tener tantas vidas como personas se aventuren a imaginarte, siempre sigilosos, felizmente ignorantes, evocándonos a cada palabra con cariño, deseo e infinita benevolencia.
En fin: que le follen a los aeropatines.
sábado, 17 de agosto de 2013
Menos mal que existe la música.
¿A vosotros estas últimas semanas de verano no suelen produciros la sensación de que todo está a punto de cambiar para siempre?
También es cierto que, al igual que ciertas personas se enganchan a la droga o la televisión basura, otras lo hacen con los comienzos.
Y nada: así pasan la vida, comenzando una y otra vez con el noble anhelo de que quizás suceda algo. No importa el que. Lo que sea. O si eso te lo inventas.
Por suerte para nosotros, existe la música.
No sé, es como si tras un prolongado letargo toda la movida estuviese a punto de comenzar de nuevo y quizá tuvieras una oportunidad.
...Ah, las expectativas. Mira que son putas.
También es cierto que, al igual que ciertas personas se enganchan a la droga o la televisión basura, otras lo hacen con los comienzos.
Y nada: así pasan la vida, comenzando una y otra vez con el noble anhelo de que quizás suceda algo. No importa el que. Lo que sea. O si eso te lo inventas.
Por suerte para nosotros, existe la música.
domingo, 11 de agosto de 2013
lunes, 29 de julio de 2013
Cosas...
Mi más sentido homenaje por todas esas miradas que se cruzan por primera y última vez mientras esperas turno en la cola del Mercadona.
Supongo que todos vamos por ahí mirando como locos mientras obviamos que otros nos miran a nosotros. Y eso es todo lo que sé de la vida. Ah, la vida...
¿No os parece algo irritante vivir en un mundo en el que salvo raras, preciosas y tristemente fugaces excepciones todo da básicamente asco?
Supongo que todos vamos por ahí mirando como locos mientras obviamos que otros nos miran a nosotros. Y eso es todo lo que sé de la vida. Ah, la vida...
¿No os parece algo irritante vivir en un mundo en el que salvo raras, preciosas y tristemente fugaces excepciones todo da básicamente asco?
Me disponía a hacer un repaso de mi vida con ese relativismo amable que te dan los cuarenta y tantos, pero es que es tan dificil ser uno mismo.
... Pero nah: al final voy a tocarme.
miércoles, 17 de julio de 2013
Yo sólo os digo...
Yo sólo os digo una cosa: no os sintáis culpables. Al final, la culpabilidad no es más que un oscuro e insano proceso mental cuyo fin no es otro que sumirte en una perversa espiral hasta destruirte por completo. En serio: no os dejéis atrapar por eso. Haceos una paja o algo.
miércoles, 3 de julio de 2013
-Depende, amigo -dijo. Depende.
Hoy no debería pensar en nada, pero me apetece explicaros algo que me sucedió una vez, hace mucho. Justo cuando empiezas a conocerte a ti mismo. Justo cuando empiezas a moldear tu carácter y en definitiva, justo cuando empiezas a forjar tu personalidad y que cambió mi visión del asunto para siempre.
Resulta que... pongamos "Maria". Resulta que Maria y yo estábamos haciendo el amor. Arrebatados besos. Caricias que nunca terminan. Nadábamos uno dentro del otro y, poco a poco, nos íbamos hundiendo en las sábanas como si fueran arenas movedizas.
En fin, ya sabéis.
Pero de pronto, Maria hizo algo inusual: se colocó a cuatro patas sobre la cama, dejó caer suavemente la frente sobre la almohada y dijo: pégame.
Yo aún era joven, cauto y algo inexperto, de modo que me quedé mirando el culo erguido de Maria sin saber muy bien qué hacer. ¿Y si le daba demasiado flojo? Quedaría, sin duda, como un auténtico pusilánime. Pero, ¿y si le daba demasiado fuerte? Igual pasaba como un garrulo y me dejaba de querer. Comenzaba a valorar también otros factores, como el ángulo y la posición adecuada de la mano cuando, de repente, Maria se giró con aire indignado:
-¿Quieres hacer el favor de pegarme de una puta vez?
A la mañana siguiente, nos levantamos muy contentos y algo cómplices. Preparamos dos zumos de naranja y nos sentamos muy juntitos a ver la tele. Creo recordar que Maria se levantó entonces del sofá en busca de un poco más de zumo y, en el proceso, puso el culo en pompa frente a mí y lo meneó con lascivia.
-Cu-cu- canturreó.
Le propiné un buen par de azotes con la palma de la mano. Ella dio un saltito, riéndose. Y se marchó a la cocina.
Y sí: yo era joven e inseguro. Pero también tenía un corazón apasionado e impetuoso. Y es por ello que, esa misma mañana, decidí comprar un buen instrumento con el que complementar nuestro nuestro reciente entusiasmo por los placeres más secretos.
Así que ahí estaba yo, frente al escaparate de neón del sex-shop más chungo de las Ramblas. Abrí la puerta, impulsado por los vientos del deseo; y caminé con paso firme hacia el interior del local. Pollas gigantes. Pollas monstruosas. Pollas multicolores que no parecían pollas. Y al final del todo, lo que yo estaba buscando, el objeto de mi lujuria, el santo grial: un largo látigo de cuero negro con bolitas en la punta.
-Oiga, ¿esto duele mucho? -le pregunté al tío.
Me miró como si le estuviera interrogando sobre el sexo de los ángeles.
-Depende, amigo -dijo. Depende.
El caso es que no sé si alguna vez habéis ido a comprar un látigo. Lo cierto es que es bastante prosaico y frustrante. Porque, en fin: uno va con toda la ilusión del mundo a comprar un látigo para darle en el culo a su novia y, no sé, se imagina ese momento como algo especial. Pero nah: es como ir a un bazar de chinos a comprar pilas.
Sólo que, en lugar de pilas, te compras un látigo.
Pero en fin: lejos de desanimarme por estas cortadas de rollo que a veces nos depara la cotidianidad, subí al autobús y me dirigí a casa de Maria. Seré honesto: en realidad flotaba. Me sentía valiente, intrépido, transgresor. Joer: acababa de comprar un látigo. Ni más ni menos. No sé ni cómo no me pasé de parada en el bus dirección a su casa: apenas podía pensar en otra cosa que no fueran las infinitas noches de descarnado deseo que me aguardaban.
La única pega es que, a pesar de su flexibilidad, mi látigo tendía obstinadamente a la verticalidad, por lo que la punta sobresalía todo el tiempo de la bolsa y al rato me di cuenta de que todo el puto autobús me iba mirando con cara de estupefacción. Cosas...
Pero bah, ya podían follarles: yo era joven y estaba enamorado.
Creo que fue en el ascensor cuando sentí por primera ve la punzada traicionera de la duda. Fue sólo durate un segundo, aunque aún lo recuerdo: es como si, a pesar de haberte desnudado ya totalmente delante de alguien, temieras desnudarte un poco más. Me latía el corazón. También tenía ganas de hacerme una paja. ¿Y si no le gustaba? Saqué el latigo de la bolsa y acaricié la punta con los dedos: sí, aquello tenía que doler. ¿Pero no era de eso de lo que se trataba? Pero por otra parte, ¿qué estamos pidiendo en realidad cuando pedimos que nos peguen?
Depende, pensé. Todo depende.
La puerta de Maria estaba entreabierta y pude escuchar su canturreo mientras preparaba la comida. Respiré y me atusé el pelo. Extendí el látigo con fuerzas renovadas y caminé sigilosamente para asegurarme el factor sorpresa.
Miré por la rendija: allí estaba ella, de un lado para otro, vestida tan sólo con un camisón blanco.
-Cu, cu -dije.
E hice restallar el látigo.
Maria se giró asustada, con las manos en el pecho y los ojos muy abiertos.
Lo hice restallar de nuevo. Un poco más fuerte.
Me miró con sorpresa. Pero la sorpresa tornó pronto en estupor. Y el estupor en incredulidad.
-¿Adónde crees que vas con eso? -dijo.
Y bueno, yo era joven. Llevaba una bolsa de naranjas en una mano y un látigo de cuero negro en la otra.
Y la verdad: no supe qué contestar.
Resulta que... pongamos "Maria". Resulta que Maria y yo estábamos haciendo el amor. Arrebatados besos. Caricias que nunca terminan. Nadábamos uno dentro del otro y, poco a poco, nos íbamos hundiendo en las sábanas como si fueran arenas movedizas.
En fin, ya sabéis.
Pero de pronto, Maria hizo algo inusual: se colocó a cuatro patas sobre la cama, dejó caer suavemente la frente sobre la almohada y dijo: pégame.
Yo aún era joven, cauto y algo inexperto, de modo que me quedé mirando el culo erguido de Maria sin saber muy bien qué hacer. ¿Y si le daba demasiado flojo? Quedaría, sin duda, como un auténtico pusilánime. Pero, ¿y si le daba demasiado fuerte? Igual pasaba como un garrulo y me dejaba de querer. Comenzaba a valorar también otros factores, como el ángulo y la posición adecuada de la mano cuando, de repente, Maria se giró con aire indignado:
-¿Quieres hacer el favor de pegarme de una puta vez?
A la mañana siguiente, nos levantamos muy contentos y algo cómplices. Preparamos dos zumos de naranja y nos sentamos muy juntitos a ver la tele. Creo recordar que Maria se levantó entonces del sofá en busca de un poco más de zumo y, en el proceso, puso el culo en pompa frente a mí y lo meneó con lascivia.
-Cu-cu- canturreó.
Le propiné un buen par de azotes con la palma de la mano. Ella dio un saltito, riéndose. Y se marchó a la cocina.
Y sí: yo era joven e inseguro. Pero también tenía un corazón apasionado e impetuoso. Y es por ello que, esa misma mañana, decidí comprar un buen instrumento con el que complementar nuestro nuestro reciente entusiasmo por los placeres más secretos.
Así que ahí estaba yo, frente al escaparate de neón del sex-shop más chungo de las Ramblas. Abrí la puerta, impulsado por los vientos del deseo; y caminé con paso firme hacia el interior del local. Pollas gigantes. Pollas monstruosas. Pollas multicolores que no parecían pollas. Y al final del todo, lo que yo estaba buscando, el objeto de mi lujuria, el santo grial: un largo látigo de cuero negro con bolitas en la punta.
-Oiga, ¿esto duele mucho? -le pregunté al tío.
Me miró como si le estuviera interrogando sobre el sexo de los ángeles.
-Depende, amigo -dijo. Depende.
El caso es que no sé si alguna vez habéis ido a comprar un látigo. Lo cierto es que es bastante prosaico y frustrante. Porque, en fin: uno va con toda la ilusión del mundo a comprar un látigo para darle en el culo a su novia y, no sé, se imagina ese momento como algo especial. Pero nah: es como ir a un bazar de chinos a comprar pilas.
Sólo que, en lugar de pilas, te compras un látigo.
Pero en fin: lejos de desanimarme por estas cortadas de rollo que a veces nos depara la cotidianidad, subí al autobús y me dirigí a casa de Maria. Seré honesto: en realidad flotaba. Me sentía valiente, intrépido, transgresor. Joer: acababa de comprar un látigo. Ni más ni menos. No sé ni cómo no me pasé de parada en el bus dirección a su casa: apenas podía pensar en otra cosa que no fueran las infinitas noches de descarnado deseo que me aguardaban.
La única pega es que, a pesar de su flexibilidad, mi látigo tendía obstinadamente a la verticalidad, por lo que la punta sobresalía todo el tiempo de la bolsa y al rato me di cuenta de que todo el puto autobús me iba mirando con cara de estupefacción. Cosas...
Pero bah, ya podían follarles: yo era joven y estaba enamorado.
Creo que fue en el ascensor cuando sentí por primera ve la punzada traicionera de la duda. Fue sólo durate un segundo, aunque aún lo recuerdo: es como si, a pesar de haberte desnudado ya totalmente delante de alguien, temieras desnudarte un poco más. Me latía el corazón. También tenía ganas de hacerme una paja. ¿Y si no le gustaba? Saqué el latigo de la bolsa y acaricié la punta con los dedos: sí, aquello tenía que doler. ¿Pero no era de eso de lo que se trataba? Pero por otra parte, ¿qué estamos pidiendo en realidad cuando pedimos que nos peguen?
Depende, pensé. Todo depende.
La puerta de Maria estaba entreabierta y pude escuchar su canturreo mientras preparaba la comida. Respiré y me atusé el pelo. Extendí el látigo con fuerzas renovadas y caminé sigilosamente para asegurarme el factor sorpresa.
Miré por la rendija: allí estaba ella, de un lado para otro, vestida tan sólo con un camisón blanco.
-Cu, cu -dije.
E hice restallar el látigo.
Maria se giró asustada, con las manos en el pecho y los ojos muy abiertos.
Lo hice restallar de nuevo. Un poco más fuerte.
Me miró con sorpresa. Pero la sorpresa tornó pronto en estupor. Y el estupor en incredulidad.
-¿Adónde crees que vas con eso? -dijo.
Y bueno, yo era joven. Llevaba una bolsa de naranjas en una mano y un látigo de cuero negro en la otra.
Y la verdad: no supe qué contestar.
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